LOCALES

La Calera: Rambaldi, el intendente viajero. (opinión)

Entre la gestion local y los cielos internacionales. La nueva moda de los intendentes de ciudades pequeñas que ofician de estadistas.

 

   Con la excusa de “traer ideas” para su ciudad, el intendente Rambaldi acumula millas en el exterior mientras en su municipio persisten los problemas de infraestructura, servicios básicos y falta de recursos. ¿Gestión moderna o turismo diplomático a costa del Estado Municipal?.

 

   Cada tanto, el calendario político local se sacude con una postal ya conocida: funcionarios que, una vez instalados en el poder, se calzan el traje de estadista y emprenden giras internacionales.

La Calera padeció en el pasado a estos "intendentes travel" que utilizan en ocasiones fondos públicos para viajar por el mundo y visitar sitios que si dependiera de sus economías particulares no lo harían. De pronto se vuelven viajeros frecuentes y en algunos casos expertos en disertaciones.

El intendente Fernando Rambaldi no es la excepción. Con la excusa de “buscar proyectos” y “traer modelos exitosos” para su ciudad, el jefe comunal de La Calera ha sumado en los últimos meses varias salidas al exterior que despiertan más dudas que certezas.

Los viajes, que podrían haber sido financiados con recursos públicos en un contexto de presupuestos ajustados, se convierten en el talón de Aquiles de una gestión que se pregona transparente y que todavía no logra resolver cuestiones elementales. Calles deterioradas, en pésimo estado, un suministro y distribución de agua ineficiente y una creciente demanda social en los barrios calerenses por la marcada inseguridad contrastan con las fotografías del intendente en aeropuertos y congresos internacionales.

Primero fue el RiverCity Global Forum en Colombia, realizado en Montería, una ciudad atravesada, además de un río, por la impronta de grupos paramilitares, narcotráfico y un alcalde anfitrión cuestionado por los medios locales por sospechas de lavado de dinero. Allí fueron varios días de camaradería con sus pares regionales, con quienes compartió las mieles de los resorts de categoría del país cafetero y una exquisita gastronomía tropical, a cambio de apenas veinte minutos de disertación. En este caso no hubo comunicación oficial pero trascendidos hablaban de que la organización habría pagado la estadía y el viaje. Algo que no  se pudo comprobar.

A poco menos de quince días de aquel evento, nuestro ilustre intendente se encuentra hoy en la ciudad de Curitiba, en Brasil, para participar en el 2° Congreso Iberoamericano de Áreas Metropolitanas. La invitación, según el parte oficial , llegó por intermedio del presidente del Ente Metropolitano de Córdoba. Vale la aclaración: invitación que pagan todos los calerenses.

Esta onerosa manía de los gobernantes, que suelen bucear en encuentros internacionales y ciudades extranjeras para importar ideas innovadoras —y que, curiosamente, en plena era de la virtualidad pareciera que no logran apreciarse en su totalidad si no es mediante una experiencia in situ— se repite una y otra vez.

El discurso oficial suele esbozar  un mismo libreto: se trata de “inversiones a futuro” que posicionan a la ciudad en un plano global. Sin embargo, la ciudadanía rara vez ve traducidos esos encuentros en mejoras concretas. Lo que sí queda claro es el costo económico inmediato, que sale de un erario cada vez más presionado, con contribuyentes asfixiados por el pago de abultadas tasas municipales y gravámenes sobre su actividad.

En este marco surgen interrogantes inevitables: ¿cuánto aportan realmente estas giras a la gestión local? ¿Son oportunidades de desarrollo para ciudades pequeñas como la nuestra o simples vitrinas para alimentar la proyección personal y el ego de un dirigente?

La historia marca que los beneficios fueron siempre escasos.

A Rambaldi pareciera no importarle demasiado lo que piensa el calerense común e insiste en que su presencia en foros internacionales abre puertas y genera "vínculos estratégicos". Pero la percepción ciudadana marcha en sentido contrario. Para muchos vecinos, se trata más de un turismo diplomático disfrazado de gestión, un privilegio que la realidad municipal no puede permitirse, máxime cuando se trata de recursos que deben administrarse con austeridad y rendición de cuentas permanente.

El contraste es brutal: mientras los ciudadanos sortean problemas cotidianos sin soluciones a dos años de su gestión, el intendente acumula sellos en el pasaporte. Y la política vuelve a demostrar que, cuando los funcionarios ascienden al escenario del poder desde el llano, el horizonte suele ser más atractivo allá afuera que en las polvorientas calles que los eligieron.

 

                                        

Volver arriba